La soberanía de América Latina amenazada por Trump

Nunca en sus tres siglos de independencia la soberanía de los países de América Latina ha estado tan amenazada como ahora por la Administración Trump. Esta administración se plantea subordinarla a sus intereses con presiones militares, bloqueos, sanciones y chantajes.

Pretende imponerle a las Fuerzas Armadas de la región una guerra contra el crimen organizado. Exige que las organizaciones criminales sean caracterizadas de “terroristas”, lo que le permitiría intervenir en los asuntos internos de los países al sur del río Bravo, incluso militarmente.

La cancillería brasileña comunicó al Departamento de Estado que se opone a que el Comando Vermelho y el Primer Comando de la Capital (PCC) sean catalogadas de organizaciones terroristas, porque eso permitiría sanciones económicas, extradiciones no contempladas por sus leyes, y en un caso extremo, una intervención extranjera. Itamaraty afirmó que la lucha contra el crimen organizado compete a su legislación interna. Estados Unidos y Argentina se plantean declarar a estas dos organizaciones como terroristas. Ecuador y El Salvador lo hicieron con sus propias bandas criminales.

Un “caso extremo” como el aludido por Itamaraty ocurrió el 3 de enero pasado cuando Fuerzas Especiales estadounidense atacaron Caracas y secuestraron al Jefe de Estado, Nicolás Maduro, y a la primera dama, Cilia Flores, y mataron a un centenar de personas. Maduro es acusado por fiscales estadounidenses de narcotráfico y terrorismo.

El segundo ataque flagrante a la soberanía de una nación latinoamericana está ocurriendo en Cuba, con el ilegal bloqueo naval al petróleo. El pueblo cubano sufre cortes de energía de horas o días que impiden el suministro de agua potable, operaciones quirúrgicas, transporte público, funcionamiento de fábricas y oficinas.

Como se puede concluir de los ataques ilegales de Estados Unidos contra lanchas en el Caribe y en el Pacifico, en los que asesinó a más de un centenar de latinoamericanos, esta guerra conjunta se llevaría adelante con desprecio de las leyes y de los derechos humanos.

Las Fuerzas Armadas están entrenadas para combatir letalmente enemigos externos, no a ciudadanos de su propio país. Felipe Calderon movilizó en 2006 a los militares mexicanos contra el narco; 400.000 personas resultaron muertas hasta que López Obrador puso fin a la campaña en 2023.

Sumisión y baño de sangre es el proyecto Hemisférico de Trump. Su política hacia los latinoamericanos, expresada en su doctrina “Donroe” (Donald y Monroe), esta enraizada en racismo. La comunidad hispana de Estados Unidos ya llega a 70 millones de personas, con una vibrante cultura, habla español. El racismo MAGA quedó en evidencia en la brutal ofensiva del ICE contra comunidades latinas, la calificación de inmigrantes hispanos como “asesinos” y “violadores”, la imposición del inglés como lengua oficial y desde luego los asesinatos de lancheros.

La subordinación de la soberanía y la militarización del Hemisferio responde a la prioridad estratégica de Washington: transformar a las Américas en su fortaleza inexpugnable en su confrontación con la superpotencia emergente, China, que desafía su hegemonía planetaria.

Venezuela y Cuba, sus objetivos prioritarios, eran socios estratégicos de China y Rusia. Paralelamente, Washington redobló sus presiones a gobiernos de la región para que expulsen empresas chinas, que en los últimos años realizaron importantes obras de infraestructura.

China se mantiene prudente. Estima que las aventuras militares de Washington en Venezuela e Irán expresan la “agitación de un imperio en su última fase, en la que intenta explotar su supremacía militar residual, mientras puede”, escribió la analista Zangyuan Zoe Liu en Foreign Affairs. Pekín era el principal comprador de petróleo venezolano e iraní.

“A medida que la influencia económica y diplomática de Washington se debilita, puede volverse cada vez más hacia la forma de poder que tiene en abundancia, la fuerza militar”, temen en Pekín, según Zanguyan, especialista de China en la Universidad de Columbia.

Trump inició su segundo mandato militarizando el canal de Panamá con el despliegue de tropas estadounidenses y obtuvo que la justicia decidiera expulsar a la empresa china CK Hutchinson, que controla los puertos de Balboa y Colón en las bocas del Canal.

Le retiró el visado a varios costarricenses, incluido al ex presidente Oscar Arias, premio Nobel de la Paz 1987 por su papel clave en el proceso de paz en Centroamérica contra el guerrerismo de Washington. El motivo sería su posición favorable a un contrato con la empresa tecnológica china Huawei para instalar la tecnología 5G.

Luego les tocó a tres funcionarios chilenos que firmaron un contrato con los chinos para extender un cable óptico entre Valparaiso y Hong Kong. El nuevo presidente de derecha, Kast, inmediatamente lo redirigió a Australia.

El ministro de economía uruguayo denunció en un foro empresarial la presión “diaria” e “insostenible” que ejerce Washington para que Uruguay “rompa” con China, según el semanario Búsqueda. La telefonía 5G en Uruguay es de Huawei y China es su principal socio comercial.

A los funcionarios que considera adversos, Washington ha llegado a marginarlos del sistema financiero internacional, como lo ha hecho con los jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional que emitieron una orden de captura de Netanyahu por el genocidio en Gaza, o a la encargada en la ONU de la cuestión palestina.

El talón de Aquiles de la política de combate a China en la región no es únicamente que Estados Unidos no ofrece nada a cambio, sino que China es el principal socio comercial de America del Sur, salvo Colombia. Estados Unidos no tiene complementariedad económica con los países agrícola-ganaderos de America del Sur, como la tiene China, que también es el principal comprador de minerales. Trump codicia las tierras raras, el litio, el cobre, y otros minerales de la región, así como el petróleo y el gas.

Esta Administración no respeta reglas de juego, exige no negocia, se impone por la fuerza bruta. Su potencia militar, tecnológica, económica, financiera, no tiene parangón en la región. America Latina es débil y está dividida, militarmente es insignificante, su economía sigue siendo extractivista, centrada en materias primas, no unió sus mercados para fortalecer su industria. Tecnológicamente es irrelevante. Perdió el tren de la primera revolución digital, y está marginada de la segunda, la Inteligencia Artificial.

Como quedó demostrado en la reunión Escudo de las Américas en el palacio Mar e Lago de Trump, los presidentes que le son afines, la mayoría de la región, se disputan sus favores. Los excluidos caminan sobre huevos.

El ecuatoriano Noboa, heredero de una gran fortuna bananera y cuyo país se convirtió en puerta de salida de la cocaína colombiana y peruana, abrazó inmediatamente la guerra contra las bandas criminales. Las caracterizó como terroristas y lanzó una operación conjunta con Estados Unidos a principios de marzo, que terminó en fiasco, según el New York Times. Bombardearon un objetivo equivocado. El toque de queda de dos semanas en cuatro provincias solo sirvió para molestar a sus 6 millones de habitantes.
El argentino Milei estableció una relación carnal con Trump y obtuvo un rescate financiero del Tesoro estadounidense. Pero tuvo que concederle un acuerdo de acceso prioritario al litio, al cobre y otros minerales.

El chileno Kast inició su presidencia con fosas y muros en la frontera norte para evitar la llegada de inmigrantes, al mejor estilo Trump.

El costarricense Chaves se apresuró a llamar a sus diplomáticos de La Habana y a expulsar a los cubanos, en medio de la penuria provocada por Trump en la isla.

Pero el modelo de Trump sigue siendo el carcelero Bukele.

Su nueva gran amiga, la venezolana Delci Rodríguez, que a toda velocidad se plegó a los designios de Washington con un regalo de millones de barriles de petróleo (80 según Trump), no fue invitada, seguramente porque no pegaba.

La gran incógnita es qué pasará con el megapuerto de Chancay, en Perú, construido y administrado por la estatal china Cosco.

En la Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero, el Pentágono anunció que Estos Unidos contará con “aliados modelo” en las diferentes regiones del planeta, colaborará con sus Fuerzas Armadas y fortalecerá sus industrias de defensa. Los amigos de Trump se disputarán este privilegio.

Entre los excluidos, los más amenazados son Lula y Petro, cuyos países celebran elecciones presidenciales a fin de año. Trump se inmiscuirá, como lo hizo en Honduras, donde impuso al conservador Nasri Asfura, después de graciar a uno de sus predecesores del mismo partido condenado por narcotráfico. (La guerra es selectiva). Las redes sociales de las grandes tecnológicas estadounidenses saturarán sin restricciones a los electorados como lo hicieron con el Brexit en el Reino Unido.

En Brasil, el trumpista Flavio Bolsonaro enfrenta a Lula y en Colombia Iván Cepeda intentará sustituir a Petro, su mentor. Trump apoyará al Bolsonaro e intentará impedirá el triunfo de Cepeda. Dos fiscales estadounidenses amenazan a Petro, alegando vínculos con el narcotráfico.

Claudia Sheinbaum hace lo que dignamente puede, con una economía dependiente de Estados Unidos y una frontera común de 3.154 kms, jalonada por los muros de Trump. Manda ayuda humanitaria a Cuba y quiere reanudar los envíos de petróleo. Uruguay se plegó con leche en polvo.

Si Lula y Cepeda pierden, América Latina se convertirá en un compacto bloque trumpista y Mexico quedará solo, parecido a lo ocurrido en los años 70 del siglo pasado, en la época del Cóndor.

La campaña de presiones y sanciones de la Administración Trump infunde terror. Del lado progresista, ningún gobierno se anima a ayudar con energía a la martirizada población cubana. Del otro, nadie reclama la soberanía de Venezuela ni contribuye a la recuperación de su legitimidad institucional, minada por el fraude electoral de 2024.

Volvemos a la época del imperialismo yanki que martirizó a América Central y el Caribe en la primera mitad del siglo XX, ahora extendido a toda América Latina. Esa época fue iniciada por la Administración de William McKinley en 1896 con la guerra que declaró a España para apoderarse de sus colonias en el Caribe, el Pacífico y Filipinas. Antes, México perdió la mitad de su territorio con las conquistas del Destino Manifiesto. Las tribus indígenas fueron diezmadas y encerradas en reservas.

América Latina entra en un largo periodo de oscuridad. El proceso será penoso hasta que logre recuperar su dignidad, sacudirse el yugo, restablecer su independencia. El único consuelo es que este neo imperialismo refleja la decadencia irreversible de Estados Unidos.