Una montaña con una vista espléndida, había imaginado Guy de Cemontci, extasiado ante una cartografía. Ahora, intrigado, ve emerger al promontorio a babor del navío en el que se aproximaba por primera vez a la bahía homónima.
“El nuevo mundo fue bautizado en honor a un cartógrafo y otro, anónimo, nombró a esta ciudad de los confines,¨ dijo, erudito, el viajero que a su lado se apoyaba en la borda. Extrajo una libreta de su bolsillo y con un gesto ampuloso escribo: Monte VI de E-O.
Apasionado de toponimia, de Cemontci no pudo recordar otro ejemplo de anotación cartográfica compleja -en este caso una numeración de montes de un punto cardinal a otro- retenida como nombre propio de un accidente geográfico.
Su interlocutor insistió, esgrimiendo la supuesta desorientación que se apoderaba de los navegantes en el mar Dulce, con sus aguas transmutadas y sus arenas transhumantes, así como del viajante en sus tierras ribereñas, barridas y lavadas por vientos y aguaceros. Para no perderse se requería de orientaciones precisas, que por su reiteración e insistencia se volvían nombre, como aconteció con el propio país.
Cartesiano, de Cemontci dudó… y emprendió el arduo camino del conocimiento. Video, del latín yo veo. De esta simple comprobación partió el francés y dedicó a investigarla el resto de su curiosa existencia.
Rápidamente descartó la leyenda que repiten los videenses: “Monte vida eu”, habría exclamado en 1512 un tripulante de una de las naos de Juan Diaz de Solis, al realizar la proeza de distinguir la loma, sobrepasando tanta chatura.
Después de engorrosas pesquisas lingüísticas, de Cemontci concluyó que en ninguna región de Portugal ni de sus colonia ultramarinas podía haberse utilizado de esa manera la voz pasiva para anunciar lo avistado. “Eu vejo um monte” o “Vejo um monte”, habria dicho un vigía portugués del Alentejo o de Trasosmontes, Goa, Luanda o Macao. La única hipótesis que durante algún tiempo se mantuvo en pié fue de que hubiese sido proferida por un marino ingles al servicio de la corona de Castilla, en una traducción literal de: “A mount has been seen by me”. El francés comprobó finalmente que ni siquiera un inglés del siglo XVI habría construido frase tan caprichosa.
Así, de Cemontci refutó en bloque la tesis basada en la mítica exclamación portuguesa, del humanista austriaco Klaus von Seeberg y contenida en su monografía “Das uruguayanischen augen”, Heideberg 1897, en la que concluye que los videenses evitan sobresalir para no ser observados.
Según von Seeberg, el visionario conde de Lautreamont abandonó la ciudad huyendo de su otro yo, contaminado por la furiosa manía de chatura de los videanos.
De Cemontci estuvo a punto de abandonar sus investigaciones cuando descubrió en el departamento de Historia Natural del British Museum un opúsculo sobre la equivoca toponimia de las riberas del Plata. Su autor, el reputado ornitólogo y literato Guillermo Enrique Hudson sostiene que el codiciado metal brilla por su ausencia en el rio y en el país pampeano, y el argento en todo caso deberia haber nombrado a Bolivia. Que el aire húmedo de su capital es malsano y que los orientales no son tales. Además, desaconseja subir al monte Video porque la vista -escribe- no vale la pena.
Cual no seria el entusiasmo de de Cemontci cuando cayó en sus manos el diario de viaje de Rui Diaz de Guzman, que le facilitara el erudito embajador paraguayo Don Ernesto de Abente y Escobar, historiador y geógrafo.
El autor de “La Argentina” describe en 1589 “la rara transparencia del aire” en la cima del monte Video, desde donde -dice- en los días de ventania, se puede divisar al oeste la linea blanca de los Andes, y al noreste las cumbres verdes de la sierra del mar.
Para el nieto de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y de Domingo Martínez de Irala, en el monte Video la “ecsuberante Sierra del Mar saluda a los Antis maxestuosos”.
Por indicación del embajador, de Cemontci remontó el rio Paraná para consultar los archivos del convento de la orden dominica en Asuncion, la madre de ciudades, donde había encontrado el raro opúsculo.
Alli descubrió unas anotaciones de Don Francisco de Aguirre sobre su pasaje por la capital oriental en 1783 en las que sostiene que parado uno en el monte Video después de mucho soplar el pampero podían divisarse con claridad las torres de la basílica de San Francisco en la otra orilla y ver doblar los navios el cabo de Santa Maria.
De Cemonci redobló sus búsquedas en bibliotecas, archivos y correspondencias privadas y encontré testimonios que reforzaban la veracidad de los dichos de aquel cronista.
En una carta encontrada en los archivos de la Iglesia Matriz, nada menos que el pesbítero Jose Manuel Perez Castellano, uno de los pocos sabios que dio al mundo la tacita del Plata, describe como un hermano suyo vio, en enero de 1807, desde su cima fortificada, el desembarco de los ingleses en la isla de Gorriti, en la bahía de Maldonado, dando la alarma en la ciudad.
¿Como pudo perderse tan asombrosa visibilidad? Siguiendo las huellas de von Seeberg, de Cemontci intento develar el misterio hurgando en el peculiar carácter de los pobladores de la ciudad.
Comparó los escritos de los viajeros mas avezados que por Montevideo pasaron, el diario de viaje del abad Pernety, los informes a la corona de Felix de Azara, las memorias del conde de Walesky, y todos coincidían con lo que él mismo desde un principio observara: la persistente indolencia de los videanos, provocada por la desmedida ingestión y la difícil digestión de la carne bovina.
Ya en las primeras décadas de su existencia surgió esta idiosincracia, genéticamente dominante y según algunos científicos, imperecedera.
Los viajeros cuentan que antes de las 10 de la mañana, sólo teros gritones y perros cimarrones se aventuraban en las calles sin cuidar. Comida la carne matinal, los hombres iban a caballo al café de la esquina a practicar, entre copa y copa, el arte en el que no tenían, y no tienen, par: mucho conversar y poco comunicar. Recostadas en pieles de tigre extendidas sobre sus tarimas, las mujeres fumaban tabaco y sorbían mate, al son de las vihuelas que sus negras tañian.
Parsimoniosos, los negros asaban la carne a lo largo del día dandole a la ciudad su olor particular. De tarde se dormia y de noche se bailaba. La Ley y la Religión nada podian. Los navios evitaban su puerto porque la marinería desertaba en masa, atraída por el holgar y el masticar. Subir al monte Video devino una proeza osada y esforzada.
Entonces construyeron miradores, que a su vez adquirieron una asombrosa visibilidad. En correspondencias encerradas en arcones olvidados en húmedos desvanes, de Cemontci descubrió que desde sus palcos urbanos, los sitiados de la Nueva Troya podían asistir a batallas lejanas y departir con parientes del campo sitiador, como con el público de una platea.
El francés explicó que por falta de uso, el monte perdió su visibilidad y también su nombre, apropiado por la ciudad. Quedó con el vulgar de cerro, o con el redundante de cerro de Montevideo.
Lo que de Cemontci no pudo expicar, o si pudo jamas lo transmitió, es por qué, un buen día, los montevideanos dejaron de subir a sus miradores, los abandonaron, se mudaron y nunca mas miraron. La muerte lo sorprendió subiendo y bajando esas solitarias torrecillas en ruinas. Nadie nunca supo lo que de Cemontci miraba y menos aun lo que veía.