Cuando Toralf nació, su mama, Sif, quedó encantada con la belleza de su bebe. Sif era una joven y robusta mujer de larga cabellera dorada, que había desatado un amor furibundo en el hombre mas alto y fuerte de la aldea de Namsos, en la desembocadura del rio Namsen en el fiordo del mismo nombre. El temido Odin Meyer, por su pésimo carácter. Como lo predijo su apellido, Odin era el mas grande, el mayor, el Meier, el superior
Sif consideró a su recién nacido tan bello como un elfo y se lo dedicó a Tor, el dios del trueno y de la fuerza, que ella pensó le daría al recién nacido la fuerza de carácter necesaria para resistir al arrollador mal carácter de su marido. Por eso decidió llamarlo Toralf, el elfo de Tor, ante la indiferencia del padre, que poco caso le hacia a su pequeño vástago, y se reía de las supersticiones mitológicas de su esposa.
Odin era un estricto luterano, que cada domingo acudía a la vieja iglesia de su aldea, para escuchar los sermones del estridente pastor Hendrik, perseguidor incansable del demonio e impulsor intransigente de la virtud, bajo la amenaza de la condena eterna en el juicio final.
Odin y Sif trabajaban a la par derribando pinos centenarios en los bosques del Namsen, y procesaban la madera en su rústico aserradero, en un claro del bosque, no lejos de la aldea, ayudados por una yunta de bueyes, que tiraban de un vieja y larga carreta.
En las frías madrugadas, Sif llevaba a su pequeño Toralf al bosque, y lo dejaba atado a un árbol mientras ellos dos talaban.
Toralf desarrolló un amor inquietante por su madre y un rechazo virulento de su padre, que lo trataba con rudeza y desprecio. Algunas vecinas viejas de Namsos, cuchicheaban que Odin estaba horriblemente celoso de la belleza de su hijo, y del amor intenso que le profesaba su esposa, el único ser que él había querido en toda su vida.
A medida que Toralf crecía, con sus largos bucles dorados, la admiración que provocaba en su derredor era cada día más impresionante. Toralf sonreía, era simpático, ocurrente y comenzó a dar signos de una inteligencia fuera de lo común.
Sif volvió a quedar embarazada, lo que alarmó sobre manera a Odin. Su primer hijo ya le había traído un gran disgusto y temía lo que pudiese acarrear el ser que crecía en las entrañas de su adorada esposa.
Una noche de invierno, con la ayuda de un par de vecinas, Sif dio a luz a un bebe aun más hermoso que Toralf. Su carita era perfecta, apacible, irradiaba una luz divina. Sif le llamo sencillamente Alf. La personificación de la belleza.
El mal carácter de Odín fue creciendo, al mismo ritmo que aumentaba su fanatismo religioso. Tenia un sueño recurrente, se veía a sí mismo como el patriarca Abraham y le ofrecía a Dios no solamente un hijo en sacrificio, sino los dos. Se consideraba a sí mismo como el súmmum de la piedad, y reprendía a su esposa por el pecado de orgullo en que incurría, vanagroliándose de sus dos hijos maravillosos.
Ajena a los rezongos de su marido, Sif, redoblaba los cuidados de sus dos chiquilines. Seleccionaba cuidadosamente sus alimentos, los bañaba a diario al volver del bosque, perfumaba sus largos cabellos dorados, lo que era considerado una excentricidad por sus vecinas. Y sobre todo, los protegía del padre abusador que no perdía oportunidad en rezongarlos y castigarlos.
No tardaron en desatarse disputas entre Odin y Sif. Los dos varoncitos asistían aterrados a escenas cada vez mas violentas. El amor de Odin estaba siendo socavado por celos incontrolables .
Desesperada, Sif buscó la intercesión del pastor Henrik, que buscaba en la Biblia respuestas que pudieran apaciguar a Odin, presa de furias épicas.
Henrik concluyó que Odín estaba endemoniado y que la puerta de entrada de Lucifer había sido precisamente su sensualidad provocada por Sif. El fuego que lo consumía desde que conoció a Sif, era ahora alimentado por los celos. Según el fanático Henrik, la pecadora Sif, adoradora de la belleza, había desatado una tormenta de pasiones diabólicas en su virtuoso marido. La ira, los celos, la lujuria, la violencia. Ella era la culpable, como lo había sido Eva en la perdición de Adan.
Inadvertidamente, con su predica, el pastor Henrik fue transformando el inmenso amor de Odin por Sif en un odio inextinguible.
Después de una larguísima noche de invierno, con la choza toda cubierta de nieve, y el gran cubo de piedra en medio de las habitaciones con la leña ardiendo en su interior a todo lo que da, por la mañana, Sif no despertó. Sus hijos, ya adolescentes, encontraron a su mama, cubierta de edredones y rodeada de almohadones, sin vida. Nada había alterado el silencio de la noche nevada. La puerta estaba entornada, las huellas de las botas paternas conducían al bosque.
Odin fue encontrado por sus vecinos, aterido de frio, ausente, en el aserradero familiar. Interpretaron su abatimiento como provocado por el dolor inmenso por la muerte de Sif. Hendrik dudó. Los chicos también.
Odin siguió viviendo con sus hijos, a los que hacia trabajar como esclavos; con el hacha derribando arboles, con el cepillo lijando madera, cocinando y limpiando. Ademas había montado un pequeño negocio de carpintería, en el que también trabajaban Toralf y Alf. Odín no les dirigía la palabra a sus hijos. Desde la muerte de Sif, nunca más les habló.
A pesar del cansancio, por las noches Toralf asistía a clases, mientras Alf, un verdadero Adonis de cuerpo escultural y fuerza sobrehumana, pero mucho menos inteligente que su hermano, se ocupaba de las tareas de los dos.
Cuando Toralf cumplió 17 años, comunicó a su padre que dejaría la casa y el trabajo para ir a estudiar a una escuela de agronomía en Maere, cerca de Borgenfjord, a 200 km al sur de Namsos.
Odín estalló en una cólera atronadora, y por primera vez habló, en realidad gritó. Lo maldijo. Pero el tamaño y la fuerza de sus dos hijos, multiplicados por la solidaridad que se había forjado entre los dos, lo disuadían ahora de castigarlos.
Toralf envolvió en una frazada las pocas prendas de vestir que tenia y un dinero que había ahorrado de la venta de muebles, sillas, mesas, alacenas, que fabricaban con Alf de los restos de madera de la carpintería, los domingos, y vendían en el pueblo, sin haberle nunca pedido autorización a Odín.
Caminaron juntos Toralf y Alf en un día fresco del final del verano hasta el pueblo de Bangsund, a orillas del fiordo de Nemsos, rodeado de altas montañas de cimas nevadas.
Después de este primer dia de marcha, los hermanos se despidieron con un fuerte apretón de manos. A Toralf le quedaban aun dos días más de camino. Acordaron que cuando terminara sus estudios, dentro de tres años, se reunirían para buscarse juntos una nueva vida, lejos de la tiranía de Odin.
Toralf se inscribió en la escuela de agronomía Maere landbruksskole, cerca del Borgenfjod, en medio de una llanura al pie de altas montañas. Consiguió trabajo de carpintero en la antiquísima Iglesia de madera de Maere, que había que apuntalar constantemente para que no se viniera abajo.
Toralf tuvo una vida de estudiante serio y trabajador durante los tres años que estuvo en la escuela, y si bien trabajaba en la iglesia y se llevaba bien con el afable pastor Ignatius, no demostró ninguna piedad luterana, seguramente en rechazo a lo que el consideraba la hipocresía de su padre y su pecado innombrable.
Terminados sus estudios al final del otoño de 1927, Toralf con su flamante titulo de técnico agrónomo decidió encontrarse con Alf en la antigua ciudad de Tronheim, donde intentarían instalar una carpinteria.
Toralf camino los 100 km que lo separaban de la ciudad real.
Alf, que debía viajar 200 km, consiguió que un comerciante de su aldea, que iba a la misma ciudad, lo llevase en su destartalado camión, por unas pocas coronas.
Trondheim había sido fundada en 997 por el rey Olaf Tryggvason, cerca del lugar sagrado de Øretinget, donde desde el siglo IX se reunían todos los hombres libres, en la desembocadura del Nidelva, para proclamar al rey.
Poco quedaba de la Trondheim histórica, construida y reconstruida varias veces en madera, después de ser consumida una y otra vez por reiterados incendios. El ultimo hacía 80 años.
Los hermanos se instalaron en una pequeña posada en los suburbios de la ciudad, en la que la belleza, el físico escultural y la bondad de Alf, no tardaron en hacer sensación.
La ciudad era muy pobre y sobrevivía de la pesca de arenques. Comprobaron que había varias carpinterías y concluyeron que otra no sobreviviría. Toralf peregrinó por los campos aledaños pero nadie podía permitirse pagar un agrónomo.
La hija de un comerciante adinerado del centro de la ciudad, se enamoró perdidamente de Alf. Greta rogó a su padre que empleara a Alf en su comercio, quien por la fuerza física que tenia le sería sin duda muy útil. El papa, que adoraba a Greta accedió, y nunca lo lamentó, porque Greta y Alf se casaron y se fueron a vivir con el rico comerciante, ya viudo. Los tres fueron muy felices.
Toralf concluyó entonces que no quería seguir siendo un peso para su hermano, que pagaba sus cuentas en la pensión. Agarró su bolsa, y sin despedirse, partió hacia el sur. Pensaba que encontraría una granja que quisiera emplearlo, aunque más no fuera a cambio de la comida, y de un techo bajo el cual abrigarse junto a los chanchos, las ovejas y las gallinas.
A lo largo de 5 años, Toralf peregrinó por valles siguiendo ríos, rodeados de altas montañas, siempre hacia el sur, en busca de trabajo en las granjas y de climas más benignos.
Hasta que un día de primavera fue recibido en la granja de Hengslet por cuatro hermanas, una mas bella que la otra. Su padre, Hermann, tenia varias vacas que las chicas ordeñaban, y vendía la leche en el pueblo vecino de Nes i Adal.
A la caída del sol, las chicas volvían de sacar a las vacas de la pradera, cundo apareció Toralf que respetuosamente se sacó el sombrero y se inclinó en un saludo. La mayor, Ingrid, le preguntó qué deseaba. Toralf le pidió posada en el granero, a cambio de trabajo. Ingrid y sus hermanas se miraron, una a otra, riéndose nerviosamente con disimulo. Preguntarían a sus padre si podían darle posada, aunque mas no fuera por una noche.
El viejo Hermann accedió, con la condición de que fuese solamente una noche, y salió raudo de su vieja casa a conversar con el forastero. Pícara, la madre, Constancia, que veía la excitación de sus hijas, preguntó cuál de ellas se ofrecería a llevarle al huésped un plato de sopa y una hogaza de pan.
Las cuatro se precipitaron a ofrecerse y comenzaron a disputarse sobre quién había sido primera. La madre dijo que para evitar resentimientos, se seleccionaría a la agraciada con cuatro pajas de escoba, la que eligiera la mas corta ganaría.
Ingrid, Katherine, Linde y Gudrun se pusieron en fila para extraer las pajas que les ofrecía su mama, se quitaban los delantales y cuando pasaban delante del espejo, se arreglaban el peinado y se pellizcaban los cachetes para darles color.
Ganó Gudrun, la más chica, de apenas 14 años. Toralf tenia 25 y aunque todavía era joven, su rostro estaba marcado por sus años a la intemperie por caminos, andamios y granjas, y se le extendia una prematura calvicie. Ya no tenia la belleza de su adolescencia.
Toralf acomodaba la paja para dormir, al lado de las vacas, cuando se sorprendió al ver entrar a un ángel, o mas bien un arcángel por su altura, llevando una marmita humeante y un gran pan redondo. Una cara de porcelana salpicada de pecas, unos ojos asustados de un celeste intenso como un cielo de verano, el largo pelo colorado que le cubría los hombros, y su boquita entreabierta de labios sensuales, de la que Toralf no podía apartar su mirada.
-Señor, se lo manda mi madre.
-No tendría que haberse molestado. Tengo comida. Mil gracias. ¿Como es su nombre señorita?
-Gudrun
-Secreta y guerrera, Gudrun, pero sobre todo bonita.
Gudrun se puso tan colorada como su pelo, precipitadamente dejó la marmita sobre la paja, le entregó el pan sin mirarlo, y salió corriendo hacia su casa.
Esa noche Toralf despertó sobresaltado, las vacas mugían, los perros ladraban, gritos aterradores provenían de las cinco o seis casas de la aldea. Una luz rojiza lo encandiló al abrir la puerta del establo. El bosque estaba en llamas.
Se colocó su casaco y salió impetuoso. Con los hombres de la aldea batallaron toda la noche para mantener el fuego a raya, mientras las mujeres formaron una larga fila con los niños para entregarles los baldes llenos de agua, que juntaban en el rio Begna. Hasta que llegaron refuerzos de Nes i Ådal, y el fuego fue controlado.
Las proezas de Toralf esa noche fueron tales, que sus vecinos lo admiraron, Hermann le ofreció trabajo permanente, y las cuatro muchachas se enamoraron de él, así como las otras jovencitas de la aldea, y hasta alguna de Nes i Adal. Pero su corazón ya tenia dueña desde la noche que llegó, era de la casi niña Gudrun.
Cuando ella cumplió 18 años, se casaron y fueron a vivir a la vieja casa de Hermann, junto a las otras tres hermanas. En el correr de los años siguientes, una tras otra se fueron casando, y yéndose a aldeas vecinas. Solo quedó Gudrun en la granja, ocupándose de su marido y de sus padres ancianos.
En abril de 1940, la rutina de la granja de Hengslet se vio alterada por camiones cargados de soldados alemanes que allanaban las casas buscando armas y soldados noruegos en fuga. Ocuparon un bosque en las proximidades para explotar la madera y al año siguiente comenzaron a traer prisioneros sovieticos para hacerlos trabajar como esclavos.
Debido al bloqueo británico y a las expropiaciones alemanas, que se llevaron todas las vacas de Hermann, la población de la aldea empezó a pasar hambre. Constancia no resistió y murió al año siguiente. Su marido la siguió poco después.
Toralf había ingresado a una red de granjeros que ayudaba a la resistencia antialemana. Escondian armas y explosivos, protegían y curaban heridos, daban posada y comida a los combatientes.
Gudrun empezó a sufrir de los nervios. Permanecía todo el día en la cama y gritaba desesperada llamando a su marido cuando éste se iba a trabajar al campo. En la oscuridad de los inviernos, la situación se agravaba y gritaba día y noche.
Consultaron al doctor Levembrun, que dijo que este era un fenómeno que se registraba en mujeres que vivían en las zonas boreales, debido a la oscuridad de los inviernos y sus noches tan prolongadas. Dostoievski lo relata en sus novelas. Las llama “las aulladoras”. En Rusia las llevaban a los monasterios para que los ermitas las santiguaran, dijo el galeno.
Toralf decidió entonces llevar a Gudrun a la iglesia de Hedalen, donde el pastor tenia fama de exorcista. La llevaba todas las semanas, los jueves por la mañana. El pastor rezaba, le hacia cruces, la rezongaba, no se sabia si a ella o al demonio que él decía que tenia adentro. Y nada. Gudrun seguía aullando.
Una mañana llegó el cartero a la granja. Toralf se puso muy nervioso, porque era una carta de Alf, y el sobre estaba atravesado por un listón negro. Los alemanes habían saqueado la ciudad de Tronhaim. Su suegro había muerto durante la ocupación, y su esposa había contraído la tisis y un mes atrás había muerto también. Alf estaba destrozado.
Toralf lo invitó a mudarse con él y Gudrun, que también habían quedado solos. Una tarde de verano, bajó de una camioneta un ser que emitía una luz especial. Con los años, la belleza de Alf se había transformado en una radiación de bondad, que todos podían ver. Cuando Gudrun lo vio, sonrió por primera vez en muchos años. Percibiendo el cambio en el rostro de su mujer, Toralf sonrió también, y abrazó a su hermano. Gudrun nunca mas aulló.
Decidieron abandonar la vieja granja, donde se habían acumulado tantas desgracias, para edificar con sus manos la casa de la felicidad. Eligieron un lugar a solo 100 metros de distancia, pero protegido por un espacio sagrado, un cementerio vikingo. Los viejos de la aldea contaban que en cada árbol del cementerio se elevaban las almas de los vikingos buenos. Las de los malos, quedaban atrapadas en las raíces. Por eso aconsejaban de nunca cortar esos arboles, porque ahuyentarían a las almas de los buenos y liberarían a las de los malos.
Comenzaron a construir la casa de la felicidad sobre una altura del terreno que domina una ensenada de aguas tranquilas del rio Begna, ideal para instalar un muelle y amarrar un bote.
Los dos hermanos trabajaron durante dos años sin descanso, cortaron los arboles, trasladaron los troncos, aserraron y cepillaron las tablas, hicieron los cimientos de piedras que trajeron de la montaña y fueron elaborando en la carpintería que montaron las puertas, las ventanas, las sillas, las mesas, los armarios, todo hecho con sus manos.
En 1947 inauguraron la casa de la felicidad y mudaron a Gudrun, como a una reina, que adoptó una eterna sonrisa cuando dejó de aullar, y se convirtió en una ama de casa hacendosa. Empezó a cocinarles unas comidas riquísimas a los dos hermanos. Hacía conservas de legumbre y frutas, mermeladas, embutidos.
Después, tabla por tabla, mudaron uno de los galpones que los alemanes construyeron para encerrar a sus miserables esclavos, prisioneros de guerra sovieticos, a los que dejaban morir de hambre y de enfermedades curables. Toralf, Alf, y Gudrun, realizaron una ceremonia con incienso por el descanso de las almas de los sovieticos asesinados.
Toralf y Alf plantaban papas y otras legumbres, iban y venian en sus bicicletas a motor entre las granjas vecinas, a cuyos propietarios ayudaba con sus plantaciones y reparaciones en sus casas de madera. Vivían de lo que producían y hacían trueque entre ellos. Los Meyer no tuvieron hijos, pero los niños de la aldea los visitaban a diario y Gudrun cocinaba ricas tortas, waffles, muffins y otras delicias, para recibirlos.
Gudrun, Toralf y Alf fueron muy felices.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
Con mucho amor de
Tatá, para Oli y Oscar.
Paris, 21 de agosto de 2021

