Para Olivia, Federica y Oscar, de mayor a menor.
Una araña grandota, de 8 patas y 8 ojos, se descolgó a mi lado mientras leía escuchando a Mozart. Era de noche, la hora en que salen las arañas, pero temerosa, se escondió detrás de un cuadro, detrás del rio Sena, cuando Paris tenia un color oscuro.
Yo le dije que podía quedarse ahí, que le cedía ese lugar, detrás de Paris.
A la noche siguiente, volví a escuchar mi programa favorito de la radio clásica francesa. Ariadna no apareció. Desobediente, había subido al piso superior, y se había instalado sobre un cuadro, al lado de mi escritorio, como si le gustara la musica.
Había tenido ya una experiencia con el agudo oido de las arañas grandotas. Una vez, le pegué cuatro gritos a alguien, furioso, en pleno día. Una gran araña con rayas grises y blancas salió agitada de atrás de un sofá para ver qué pasaba. Vio que nada grave ocurría y rápidamente volvió a esconderse.
Le hablé nuevamente a mi araña melomana para que se acostumbrara a mi voz. La llamé Ariadna, una hilandera mitológica que ayudó a Teseo a no perderse en el laberinto del Minotauro, un monstruo como el de las series que les gustan a Olivia y a Federica.
Al Minotauro, hijo de un toro y una mujer, con cuerpo de hombre fornido y cabeza de toro con largos cuernos, le entregaban siete chicos y siete chicas anualmente para que se los comiera. Solo comía carne humana.
Los chicos vagaban en el laberinto sin encontrar la única salida, hasta que caían extenuados. Entonces, el Minotauro los mataba con su hacha gigantesca, los cortaba en pedacitos y se los comía.
El joven Teseo decidió matarlo. Pero nadie podía salir de ese laberinto, construido por un arquitecto, como Maria, llamado Dédalo, en la isla griega de Creta, donde vivía encerrado el Minotauro.
Ariadna, enamorada de Teseo, le hiló un hilo larguísimo para que pudiera salir del laberinto. Debía atarlo en la entrada y desenvolver el ovillo a medida que avanzaba por sus cientos de corredores. Teseo mató al Minotauro y gracias al hilo de Ariadna, logró salir del laberinto, victorioso.
Asi que la llamé Ariadna, porque ella también es hilandera, y si tiene buen corazón, como su tocaya, podríamos hacernos amigos.
Nuestra relación creció con la musica y las palabras cariñosas que yo le dirigía. Ariadna perdió el miedo, así que salía antes de la puesta de sol o se retiraba a su escondite cuando ya era de día. Esperaba a que yo me levantara. Y por las noches quedaba a la vista, acompañándome mientras yo escribía, concentrada en la musica. Ya no se escondía.
Yo le deseaba las buenas noches, y le cerraba las puertas de mi cuarto. Le decía que podía hacer lo que quisiese en mi escritorio, pero que no estaba autorizada a entrar a mi cuarto. Me había fijado en internet y resulta que la araña lobo, aunque no ataca, tiene veneno.
Una noche antes de acostarme, la veo a Ariadna ¡instalada en el techo, sobre mi cama, del lado que yo duermo! ¿Cómo había podido entrar si yo siempre dejaba las puertas cerradas? ¿Por debajo de la puerta? Muy serio, le dije que tenia que quedarse quietita, porque las arañas son arrogantes y traviesas.
Las arañas heredaron estas características de una joven que era la mejor tejedora de Grecia, llamada Aracne, por lo que era arrogante y presumida. Decía que era mejor tejedora que la diosa de la artesanía, Atenea. La poderosa diosa decidió darle una lección. Se transformó en una tejedora vieja y desafió a Aracne a una competencia.
Aracne no era ninguna boba, y tejió un magnifico tapiz donde representó las infidelidades de los dioses para burlarse de Atenea. La diosa se puso furiosa y mató a Aracne. Pero los otros dioses se apiadaron de la chica y le permitieron seguir viviendo transformada en araña, para que continuara tejiendo. Así nacieron las arañas y por eso a esa familia de bichos se les llama arácnidos, descendientes de Aracne.
Cuando desperté a la mañana siguiente, allí estaba Ariadna, obediente, en el mismo lugar en que estaba cuando me quedé dormido.
Después de haberme dado tal prueba de amor, Ariadna volvió a mi escritorio y nuestra relación siguió igual. Salía con la musica, yo le conversaba, ella me miraba con sus 8 ojos y me escuchaba con su oido musical.
Pero cuando una vez por semana venia la empleada, que movía todos los cuadros para limpiarlos y seguramente la aturdía con su voz aguda, Ariadna se enojaba y esa noche no aparecía.
El miércoles pasado, después que Solange, la empleada, limpio mi escritorio, Ariadna no apareció mas. Yo creo que Ariadna era demasiado sensible para ser araña. Porque cuando una casa en el campo queda en silencio, por las noches salen todas las arañas y los insectos, pelean y se comen los unos a los otros.
En verano, por las noches, se cuelan montón de bichitos a la casa atraídos por la luz. Sus cadaveres quedan regados por el piso. A la mañana siguiente no queda ni uno. Las arañas se los comieron a todos.
La confiada Ariadna pasaba sus noches a la vista y paciencia de cualquier enemigo. Así que imagino que otra araña, mas hábil o con un veneno más potente, la mato y se la comió.
Todas las noches subía a buscarla, y no la encontraba. Así que al cabo de tres días, con mucha tristeza, empecé a resignarme a la perdida de mi amiga, la tejedora melomana.
Pero chicos, escuchen la sorpresa. Cuando terminé de corregir este cuento, que hoy escribí con mucho sentimiento, apareció Ariadna en pleno día, en la pared de la escalera, atrás mio. Esta araña no solo escucha y entiende lo que le digo, sino que también practica la telepatía. ¡Una genia! Así que el cuento sigue.
(continuará)