Donald Trump intenta finalizar la tarea de demolición de los países del Medio Oriente adversarios de Israel, iniciada por los neoconservadores décadas atrás en guerras o intervenciones militares que nada tuvieron que ver con los intereses vitales ni estratégicos de Estados Unidos.
Este proceso culmina ahora con el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán. Un ataque no provocado, sin casus belli, en medio a negociaciones diplomáticas. Comenzó con el escandaloso magnicidio del Jefe de Estado, el ayatollah Jamenei, y de decenas de mandos militares y políticos. Estos crímenes acabaron también con la posibilidad que Teheran se siente a negociar con la Administración Trump.
La campaña incesante de Netanyahu durante 30 años para sabotear todo acuerdo negociado sobre el programa nuclear iraní y provocar un ataque demoledor de Estados Unidos contra Irán, obtuvo un primer éxito el año pasado con el bombardeo estadounidenses de tres sitios nucleares. La actual ofensiva conjunta debía ser la apoteosis del líder del Likud, que busca permanecer en el poder. Por ahora lo es.
Sin embargo, en la medida que la guerra se prolongue y que Teheran continue atacando las bases y los intereses estadounidenses en los países árabes del Golfo, así como a sus dos principales enemigos, los Emiratos Árabes Unidos (EUA) y Bahrein, las relaciones entre los dos aliaos se tensarán dado sus intereses diferentes y hasta cierto punto divergentes, las divisiones en el movimiento MAGA se profundizan y puede aumentar el sentimiento anti israelí en Estados Unidos, vinculo vital para Jerusalén.
Una de las voces más influyentes del MAGA, Carlson Tucker, próximo al vicepresidente D.J.Vance, dedicó toda su última edición a la guerra: “Es la guerra de Israel (…) El jefe de un Estado de 9 millones de habitantes vino a un país de 350 millones de habitantes y pidió que lo ayude o, en los hechos, que nos ocupemos nosotros mismos de derrocar al régimen de Teheran”.
Sin ofrecer pruebas, según Le Monde, Tucker añadió que Arabia Saudita y Qatar detuvieron a agentes del Mossad infiltrados en sus países que planeaban perpetrar atentados terroristas para atribuírselos a Irán.
Rubio metió la pata hasta la rodilla al reiterar el argumento de Carlson e intentar justificar la guerra diciendo que si Israel atacaba, Irán habría respondido contra los intereses estadounidenses en el Golfo, y por eso se trata de una “guerra preventiva”. Trump lo desmintió, quedaba como un títere de Netanyahu. Vance mantiene un bajo perfil desde el sábado.
Pero no solo lo dijo Tucker. El ministro de Relaciones Exteriores de Oman, Badr al Busaidi, mediador en las negociaciones indirectas entre Washington y Teheran, lanzó un llamado desesperado a Washington tras el inicio del ataque el sábado pasado: “¡Esta no es su guerra!”.
El Secretario del Supremo Consejo de Seguridad Nacional iraní nombrado como tercer miembro del Consejo de Transición tras el asesinato de Jamenei, Ali Laranjani, que se perfila como un hombre clave en Irán, declaró que Estados Unidos “cayó en la trampa israelí”.
(Uno de los sobrevivientes del atentado contra Jamenei, Laranjani es un sofisticado intelectual, con maestrías en matemáticas y computación, y un doctorado en filosofía occidental con una tesis sobre Kant. Es miembro de una familia que fue considerada por Time como “los Kennedy de Irán”).
¿Trump cayó en la trampa de Netanyahu o prevalecieron en su Administración los aliados del líder del Likud, los sucesores de los neocons?
A pesar de que Trump siempre denostó a los neocons, 20 años después un nuevo elenco tomó el testigo proisraelí en Washington, y si bien modificaron la doctrina, la derrota sufrida por Bush amenaza ahora a Trump.
Descuellan el subjefe de gabinete de Trump, Stephen Miller, y el secretario de guerra Pete Hagseth, la“brigada diplomática” de Trump compuesta por los billonarios inmobiliarios Steve Witcoff y Jarred Kuchner, asistidos por Rubio, un neocon reconvertido a MAGA, sin olvidar al pastor bautista Mike Huckabee, embajador en Jerusalén y antiguo compañero de ruta de los neocons.
En una entrevista con el mismo Tucker Carlson, días antes del ataque, Huckabee afirmó que estaría bien que Israel se apoderase de todo el Medio Oriente,“del Nilo al Eufrates”, como le por Javeh al patriarca Abraham en el Genesis, según este cristiano sionista.
El elemento en común de los neocons y sus sucesores actuales, es que libran guerras en beneficio de la extrema derecha supremacista israelí, como en Irak en 2003. Ya entonces dos destacados “paleo conservadores”, Pat Buchanan y Michael Novak, acusaron a la Administración Bush de librar la guerra del Likud en Irak.
La diferencia es que ahora Israel participa desde el aire y con su gran especialidad, los asesinatos selectivos, adoptados también por Washington. Los neoconservadores prohibieron a Israel participar en la invasión de Irak, para no contrariar a sus aliados árabes. Ahora prefieren chantajearlos o en el mejor de los casos ignorarlos.
Otra diferencia es el abandono de la doctrina neoconservadora de “nation building”, -Imponer una democracia express-, que se tradujo en realidad en su oxímoron, la destrucción de países soberanos y robo de sus recursos.
La nueva doctrina aboga por la decapitación del Estado enemigo, en el caso de Venezuela el secuestro del hombre fuerte, en el de Irán, un régimen institucional complejo, el asesinato de su jefe de Estado y de la mayor cantidad posible de sus dirigentes, para luego imponer un gobierno títere a aterrorizados sucesores, y que las empresas estadounidenses se apropien de los recursos del país.
Las dictaduras árabes derrocadas eran unipersonales o familiares. Saddam Hussein y Muhamar Qadafi fueron presionados primero a abandonar sus armas de destrucción masiva. Luego derrocados y asesinados. Y sus países desmembrados, destruidos, después de haber alcanzado un buen nivel de modernidad, servicios de educación y salud para sus poblaciones, como en Irak, Libia, Siria.
No existe punto de comparación entre Irán y las dictaduras árabes en países independizado del dominio europeo a mediados del siglo XX, antes del imperio otomano, el gran enfermo de Europa del siglo XIX. Irán nunca fue colonizado, es heredero de 2.500 años de civilización persa.
La teocracia chiita iraní tiene una institucionalidad compleja. Y una cultura que sus adversarios estadounidenses obviamente no entienden. La idea de martirio en el chiismos duodecimal iraní proviene de los asesinatos por los omeyas en el siglo VII de los nietos del profeta Mohamed, Hussein y Hassan, sus herederos legítimos según los chiitas, y luctuosamente venerados hasta el día de hoy. Su espíritu de sacrificio quedó en evidencia en la sangrienta guerra contra Irak, que provocó medio millón de muertos.
El talón de Aquiles del régimen iraní es su desgaste tras 47 años de imposiciones religiosas arcaicas, represión draconiana, dificultades económicas provocados por las sanciones leoninas de Washington impuestas por Bill Clinton en 1995 y la mala gestión económica, así como por sus inversiones en apoyar a sus aliados regionales contra Israel, Hamas en Gaza, Hezbolá en el Libano, milicias chiitas en Irak, los hutis de Yemen. Todo esto explotó en enero pasado en gigantescas manifestaciones reprimidas salvajemente con un saldo de varios miles de muertos.
Tanto Trump como Netanyahu, que aparentemente solo coinciden en su voluntad de derrocar al régimen teocrático iraní, pero que sea el pueblo iraní quien ponga los muertos, tienen intereses políticos en juego, con tiempos diferentes.
Acechado por las elecciones de medio mandato de noviembre, Trump precisa una victoria rápida para dejar atrás el escándalo Epstein, donde el encubrimiento de la Secretaría de Justicia Pam Bondi no ha bastado para borrar sus miles de huellas en los documentos revelados, así como la represión en Minnesota, con los asesinatos de dos de sus ciudadanos.
Netanyahu precisa erradicar la industria de misiles y drones de Irán, y eliminar toda posibilidad de que Irán, aunque ya muy debilitado, pueda mantener cualquier aspiración a potencia regional rival. Y no tiene ningún apuro. Las elecciones están previstas en Israel en octubre próximo.
La guerra dejó al descubierto la falta de estrategia y su arbitrariedad, así como la falta de preparación. Estados Unidos esta teniendo dificultades en defender sus bases militares, embajadas, consulados y otros intereses en el Golfo. No esta siendo capaz de defender a sus principales aliados. Tampoco logra mantener abierto el estrecho de Ormuz, bloqueado por las amenazas de Irán, mientras se disparan los precios del petróleo y el gas.
El tercer peligro es que aumenten las críticas a Israel en Estados Unidos, que crecieron durante el genocidio en Gaza. El acuerdo con Hamas está paralizado y la limpieza étnica en Cisjordania continua a todo trapo.
Una encuesta Gallup citada por Le Monde indica que 41% de la población estadounidense simpatiza con los palestinos más que con Israel, contra un 31% que simpatiza más con Israel. Le Monde lo atribuye sobre todo a la juventud del movimiento MAGA.

