
El 15 de julio de 1983 zarparon de Estados Unidos ocho buques de guerra, un portaaviones con 70 aparatos a bordo, un crucero, tres destructores, una fragata, un petrolero y una lancha rápida, y se instalaron frente a la costa norte de Nicaragua. Hacía cuatro años que había triunfado la revolución sandinista, y la CIA había reemplazado en 1982 a los militares argentinos en la conducción y entrenamiento de los derrotados guardias nacionales del derrocado dictador Tachito Somoza, más conocidos como “contras¨, en campamentos en Honduras,
Al mes siguiente, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos realizaron maniobras militares en Honduras, cercanas a su frontera con Nicaragua, en las que participaron 5.000 efectivos estadounidenses..
En junio de ese año, el Pentágono había afirmado que el único plan militar existente contra Nicaragua era un bloqueo-cuarentena, puesto al día a principios de 1982 por el ex Secretario de Estado, el general retirado Alexander Haig, inspiradlo seguramente en el de Cuba de 1962 durante la Crisis de los Misiles.
En 1994 comandos de la CIA minaron los puertos nicaragüenses.
El presidente Ronald Reagan, que llevó por primera vez a la ultra derecha al poder en Washington, y cuyo gobierno inventó el neoliberalismo, aducía que el peligro comunista había llegado a las fronteras de Estados Unidos con el triunfo sandinista y la guerra civil en El Salvador, alentados por Cuba, aliada y dependiente de la Union Soviética.
En 1982, Reagan lanzó a la CIA en una guerra encubierta contra Nicaragua e inició presiones militares que amenazaban con una intervención militar directa. Decía que no quería derrocar a los sandinistas, solamente presionarlos para que negociaran con los contrarrevolucionarios, Llegó a mandar a su secretario de Estado George Shultz a Managua, creó la Comisión Kissinger para tener un plan global para Centroamérica, todo para intentar obtener el apoyo del Congreso.
El general Vernon Walters (1917-2002), que sirvió de enlace entre Washington y los generales golpistas brasileños en 1964, afirmó en 1981 en Chile que la nueva administracion Reagan prefiere “el arma poderosa de la ambigüedad constructiva” a andar diciendo lo que quiere o no quiere hacer.
Ya antes de Reagan, Richard Nixon, decía que quería que sus enemigos pensaran que estaba loco, que era capaz de cualquier barbaridad.
Trump es un aplicado alumno de Reagan, aunque en una versión escandalosa y decido a doblegar abiertamente a la institucionalidad. Calificó oficialmente a Maduro de terrorista, lo que le permite tomar medidas violentas en su contra, y al mismo tiempo afirma que están negociando.
Como su admirado predecesor republicano, Trump practica la “ambigüedad constructiva”, es impredecible. Por un lado habla de negociaciones con Maduro, por otro envió una poderosa armada al Caribe: el mayor portaaviones del mundo, de propulsión nuclear, con al menos 70 cazabombarderos a bordo, el Gerald Ford, acompañado de tres destructores, que llegaron la semana pasada. Ya estaban desplegados un buque de asalto anfibio, dos buques de transporte anfibio, un crucero lanzamisiles guiados, otros tres destructores, un buque de combate litoral, un buque de operaciones especiales, y un submarino de ataque a propulsión nuclear.
Entre el 16 y 19 de noviembre Estados Unidos realizó maniobras militares en Trinidad Tobago, a 11 kilómetros de la costa venezolana. Anunció ademas que autorizó a la la CIA a realizar operaciones encubiertas en Venezuela.
Dias después de una conversación telefónica con Maduro, el 29 de noviembre advirtió en su red Truth Social a las compañías áreas y pilotos de aviones que debían considerar cerrado el espacio aéreo venezolano. Varias compañías ya habían suspndido sus vuelos a Venezuela.
Trump adaptó la estrategia de Haig y Reagan al siglo XXI, con el objetivo de derrocar a Nicolas Maduro y a su equipo, a los que ha catalogado de terroristas al estilo ALQaida o Estado Islamico, y al mismo tiempo los acusa de narcotraficantes. Las excusas para intervenir son aun mas absurdas que las de la Guerra Fría.
Y el absurdo de esta operación no acaba ahí. La guerrerista Premio Nobel de la Paz de extrema derecha, la señora Maria Corina Machado, muy próxima del Secretario de Estado, el cubano estadounidense Marco Rubio, espera que Trump la siente en el Palacio de Miraflores. Sin duda el candidato que la reemplazó en las elecciones presidenciales de 2024, el diplomático Edmundo Gonzalez (1949-) , y que seguramente las ganó, le dejará su lugar.
La gran diferencia entre la época de Reagan con la de Trump es que los demócratas controlaban la Camara de Representantes y Reagan se mostraba respetuoso dela institucionalidad, aunque hacia trampas de manera encubierta.
Los demócratas, liderados por el combativo Tip O’Neil, speaker de la cámara de representantes, le hacían una marcación cerrada. Aunque desconfiaban de los sandinistas y apoyaban la ayuda militar al gobierno salvadoreño en guerra con el Frente Farabundo Marti de Liberación Nacional, rechazaban una intervención militar, la que fuera, para derrocar al gobierno sandinista, lo que ademas era ilegal, según la legislación estadounidense.
Unos mese antes de junio de 1983, el Congreso se percató de que la operación encubierta de la CIA no era un grupo de 500 hombres entrenados por la CIA para cortar los suministros sandinistas a la guerrilla salvadoreña, como decía la Administracion, sino un ejercito de 7.000 hombre que atacaba en Nicaragua establecimientos agropecuarios, puentes, tendido eléctrico. Al mes siguiente, por primera vez, el Congreso suspendió la ayuda militar a los contras. Y por eso, el despliegue militar de la Administracion.
Otra gran diferencia es que la Administracion Trump no cuenta con insurgentes antibolivarianos capaces de incursionar en Venezuela, ni países limítrofes con fronteras terrestres dispuestos a servirles de base, como Honduras en los 80.
Aparentemente la CIA no estuvo involucrada en el disparatado desembarco en Venezuela de ex militares y policías venezolanos y mercenarios estadounidenses, la operación Gedeón, que tuvo lugar entre el 3 y 4 de mayo de 2020, y provocó la burla y el descrédito al presidente en el exilio, Juan Guaidó, así como a los países que lo reconocieron, empezando por Estados Unidos y la Union Europea.
La otra diferencia fundamental es la actitud de los países latinoamericanos y europeos ante la amenaza bélica a Venezuela. Los gobiernos democráticos latinoamericanos rechazaron la intervención estadounidense contra Nicaragua. En 1982, Mexico y Venezuela se unieron en una iniciativa para resolver por negociaciones las tensiones fronterizas entre Nicaragua y Honduras. En enero de 1983 nació el grupo de Contadora, impulsado por Colombia con su gran presidente Belisario Betancourt, y Venezuela, con Carlos Andres Perez, y la participación de Mexico y Panamá con su hombre fuerte Manuel Antonio Noriega. En 1985 se sumaron Brasil, Argentina, Uruguay y Peru.
Hoy, la reacción a Donald Trump es de pánico. Todos temen agitarle el paño rojo y que la bestia embista. Nadie quiere tarifas suplementarias para sus exportaciones, ni pasar a engrosar su lista de narcotraficantes o terroristas. Aunque el régimen de Maduro se ha aislado en la región por su carácter dictatorial, la amenaza bélica de Trump deja prever que su intervencionismo no se detendrá en Venezuela, siempre ávido de sacar el máximo partido para su país o para su familia.
America Latina reaccionó cuando Margaret Thatcher mandó la flota contra los militares argentinos, aunque estos pretendieron movilizar el nacionalismo con su invasión de las Malvinas en momentos en que la dictadura agonizaba desgastada por sus crímenes y por la crisis de la deuda externa. Pero esa fue una operación puntual, sin designios sobre el conjunto del Hemisferio Occidental, como los que tiene Trump.
Es cierto que la ofensiva global de Trump lleva solo 10 meses. Los gobiernos están descolocados. No obstante, las ausencias de Jefes de Estado y de gobierno de la reciente cumbre de la CELAC-Union Europea fueron sintomáticas del temor que inspira. Y con la flota frente a Venezuela. Lula y Pedro Sanchez son dos de las honrosas excepciones.
A principios de 1984, ante la incompetencia militar de los contras, la CIA decidió actuar directamente, haciéndose pasar por los contras minó los puertos nicaragüenses y atacó con lanchas pirañas depósitos de combustible
Cuando en abril de 1984 el Congreso descubrió que había sido la CIA puso fin a su operación encubierta contra Nicaragua y cortó todos los fondos a los contras.
Estos antecedentes permiten imaginar adonde puede llegar el actual despliegue militar estadounidense en el Caribe, libre de todo freno y control por parte del Congreso u otras instituciones estadounidenses, y el incomodo silencio de latinoamericanos y europeos.
De todas maneras, parece estar descartada una invasión al estilo Irak y Afganistan, por la oposición de Trump a esas invasiones y la génesis de su movimiento aislacionista Make America Great Again (MAGA), actualmente sacudido por discrepancias internas en parte por la política exterior de Trump.
A principios de 1986, la Administración Reagan volvió a la carga y pidió 100 millones de dólares al Congreso para los próximos 18 meses. El neoconservador Elliott Abrams, que era Secretario de Estado Adjunto para el Hemisferio Occidental, inventó una invasión nicaragüense a Honduras para sensibilizar al Congreso, lo que fue desmentido por Tegucigalpa. La patraña se saldó con varias decenas de millones de dólares más para Honduras, supuestamente para que se defendiera de los nicaragüenses. Había que calmar a Tegucigalpa, que ya no podía ocultar a los 15.000 contras basados en en su territorio.
En esos momentos, los rumores en Washington arreciaban de que dado el bloqueo del Congreso y la incompetencia de los contras, la Administracion se preparaba para atacar militarmente a Nicaragua, cuando una revista libanesa Ash-Shiraa, reveló el 3 de noviembre de 1986, que la Administraron vendía ilegalmente armas a su enemigo mortal, Iran, durante su guerra con Irak, al que supuestamente Washington apoyaba, para financiar con ese dinero a los contras, y cortocircuitar al Congreso. Estalló el escándalo en Washington y ya no se habló mas de campaña militar ni de ayuda a los contras.
(Exponente del movimiento neoconservador, Elliot Abrams (1948-) desempeñó un papel clave en la campaña terrorista de la CIA y los contras en Nicaragua y fue condenado en 1991 por retenerle información al Congreso, en el marco del escándalo Iran-Contras. Indultado por Bush padre, fue director para el Medio Oriente y Africa del Norte del Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de su hijo George W. Bush, y promovido después a vice asesor de Seguridad Nacional (2005-2009). Fue uno de los arquitectos de la invasión a Irak para derrocar a Saddam Hussein. En el primer gobierno Trump fue el Representante Especial para Venezuela y para Iran, entre 2019 y 2021).
